Procesión


Y después, la madrugada

Parte orgullosa y altiva la Hermandad de Esclavos del Rescate, cuajada de penitentes en oración, de gentes que se arremolinan por las esquinas para emocionarse al paso de este Nazareno que tanta devoción despierta. Ni siquiera aquellos que no entienden esos días grandes más allá del valor artístico de las tallas y del folklore, logran contener la emoción al comprobar la expresión del Rescate: la de un hombre destrozado y sin culpa, quebrada la expresión e intacta el alma.
No es necesario improvisar qué se siente en esta plaza remota que desemboca en un arco legendario, qué sensaciones recorren el ánimo de los miles de fieles que aguardan en silencio la llegada del trono. Un año más se hace realidad la seguridad de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades ni la altura, ni la profundidad ni otra criatura alguna puede separar a los miles de fieles congregados del amor de Jesús manifestado en el Rescate.
Y resuenan entonces en la plaza, sobre la que se condensa la esencia del universo nazareno, el susurro de cientos de oraciones, de plegarias que nadie dirige a una talla de madera, sino a lo que representa, a aquel siervo ante el que muchos no quieren volver el rostro. Por la esquina de la calle Correos se adivina el espléndido estandarte de María Santísima de la Esperanza, que abre el camino a su hijo, prólogo iluminado de la expresión dulce y serena de Jesús, al que llevan maniatado, al que escupen camino del Calvario, al que insultan aquellos que no respetan a quienes encuentran en él su consuelo, cuando se apaga toda luz en la plaza, entre oraciones, saetas y cánticos que proclaman que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.
Avanza el cortejo, sorprendido por el atardecer que se alza sentenciador. Parece que el sol se empina entre las nubes del ocaso para saborear un instante más el caminar de los Esclavos. El pulso teñido de incienso a la puerta de San Juan, repleta y expectante ante la recogida, el crepitar de las velas y el aroma a cera virgen, la salvación que ofrece aquel que muestra humilde sus manos atadas, el aroma a carboneros, a flores recién cortadas, a azahar húmedo y a cirios morados no necesita explicación porque no se comprende: se siente. Y resulta realmente complicado condensar en unas pobres líneas cómo es posible que después del paso del Rescate pueda existir la madrugada.

Antonio Botías Saus

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